Entre finales del siglo XX y principios del XXI asistimos a un período de transición que en términos de nuestra relación con la tecnología podemos definir como pasaje de la cultura analógica a la digital. Sin embargo este pasaje no debería ser pensado como el de una etapa que sustituye a otra, dejándola irremediablemente en el pasado, sino como un acople o ensamble entre ambas de modo tal que la transición no implica el pasaje de algo que ‘muere’ a algo que ‘nace’ sino de una reconfiguración y reactualización del espacio social y cultural. Este pasaje supone más una discontinuidad que una ruptura y combina, contradictoriamente, procesos tanto de convergencia tecnológica como de dispersión de identidades culturales por lo menos en lo que se refiere a las tecnologías de comunicación y el tipo de sujetos consumidores y usuarios de las mismas.
Para dar solo un ejemplo pensemos en el sujeto televidente producido por el sistema de broadcasting (un único canal emisor y millones de receptores del mismo programa, a la misma hora y el mismo día, todas las semanas) y comparémoslo con el sujeto que es usuario, a la vez y gracias a Internet, de la televisión y las redes sociales que organiza su propia programación televisiva y también produce contenidos en networking: ya no estamos ante un régimen de prácticas que delimita claramente entre productores y consumidores, asignando a unos y otros identidades rígidas, estables y funcionalmente diferentes, sino ante la hegemonía del prosumidor que asume múltiples identidades culturales, inestables e indiferentes a la clásica distinción entre productor ‘activo’ y receptor ‘pasivo’ de contenidos. Desde esta perspectiva teórica es que defino a los dispositivos tecnológicos y los regímenes de prácticas asociados con ellos como ‘modos de subjetivación’.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario